Desde muy pequeña yo tenía
claro que quería ser veterinaria. Me gustaban los animales mucho
y quería vivir de tener un trato cercano a ellos, de poder ayudarlos y cuidarlos.
Sin embargo, también desde muy pequeña me surgió una alergia al pelo (sobre los
seis o siete años). Aun así, pasé un tiempo creyendo que igualmente podría
estudiar y trabajar de ello (tomando medicación, por ejemplo) hasta que, tanto
en el médico como en mi ámbito familiar, me fueron quitando la idea. Podría haber
acarreado mayores problemas de salud que no quería tener.
Sin embargo, me quedaba otra
vía: la biología. En la ESO tuve la suerte de tener una buena profesora
que hizo que me apasionase por dicha asignatura, y que, aunque estaba un poco
alejado de lo que yo quería ser y tener como veterinaria, me proporcionaba
también un acercamiento a los animales, a las plantas, al mundo…
en definitiva, a la vida. Más tarde fue cuando empecé a darme cuenta de que
incluso como bióloga podía abarcar ciertas áreas que me interesaban y que como
veterinaria no hubiera podido.
Realmente, sin ser consciente
del todo, desde pequeña mi forma de ser ya apuntaba hacia una dirección: la preocupación
por mi entorno. Tanto si lo expresaba diciendo que quería ser veterinaria,
como pensando en la contaminación, la extinción de animales, la deforestación…
No sé si es común que una niña piense en dichas cuestiones desde tan temprana
edad, pero lo que está claro es que yo lo pensaba y llegaba a imaginar en
consecuencia. Solía soñar que era poderosa, un ser mágico,
sobrevolando bosques en llamas, extinguiendo los fuegos con mis poderes y
haciendo que los árboles se recuperasen. Recuerdo una noche en específico, en
la que mientras veía fuegos artificiales, me imaginaba atravesando las nubes de
pólvora que se generaban y tornándolas en aire limpio. Soñaba que era
alguien con una capacidad extraordinaria, protectora del medio ambiente, que lo
hacía simplemente porque era lo que necesitaba.
También solía ver documentales,
todos me contaban alguna historia interesante, como pequeñas películas para mí,
y a veces los prefería antes que ver alguna serie de dibujos animados (aunque
con el tiempo mis preferencias sobre los programas fueron cambiando). Además, tenía
muchos libros que saciaban mi curiosidad. Recuerdo en especial
uno que era bastante grueso, titulado “Mil preguntas y respuestas”, que
era uno de mis favoritos. Me gustaba abrir una página al azar, leerla, y jugar
a ponerme “ejercicios” para el futuro, para buscar la solución en caso de
haberla olvidado. Otro, mucho más técnico, hablaba sobre dinosaurios, seres que
siempre me habían interesado (de hecho, también llegué a pensar en ser
paleontóloga), y aunque nunca llegué a leerlo totalmente, me gustaba ojearlo y
saltar de página en página (hablaré más sobre mis libros en la sección de “mis
colecciones”).
En cuanto a mis juguetes,
prácticamente todos eran animales, “bichos” o dinosaurios, al igual que los sueños
que tenía y que era capaz de recordar e incluso de manipular
(sueños lúcidos) (si quieres leer más sobre mis sueños, tendré un apartado
específico también en “mis colecciones”). Con mis juguetes me encantaba
crear historias, con su principio, su desarrollo y su final. Creaba
bandos, peleas, romances, dilemas morales… esa era mi forma de jugar. Primero,
sacaba de mis cajas aquellos juguetes “aptos” para mi historia, como por
ejemplo los dinosaurios y los animales actuales. Después, comenzaba con un
escenario en concreto e iba creando una historia sobre la marcha, sin
haberla pensado antes. Por ejemplo, una historia en particular que recuerdo: en
un mundo donde los dinosaurios gobernaban sobre los animales y los mantenían
esclavizados para trabajos, un pequeño grupo de dinosaurios, inconforme con su
estilo de vida, decidía juntarse y liberarlos. El grupo de los “rebeldes” y los
animales debían entonces escapar del centro del poblado, superando los
obstáculos y peligros que se encontrasen (y evitar ser capturados). Debían
escalar una montaña (que era mi cama, ya que yo solía jugar en el suelo) y
refugiarse en cuevas (detrás o debajo de mis cojines). Y así continuaba la
historia hasta que acababa dándole siempre un final cerrado.
Siguiendo con el tema de las
historias, también desde pequeña me ha gustado escribir pequeños cuentos. En Primaria, nuestra tutora nos
ponía como deberes en algunos fines de semana realizar unos cuentos a partir de
palabras o frases que ella nos daba, y muchas veces conseguía buena nota,
además de leerlo en clase. Ya en la ESO, participé en un concurso de cuentos
cortos, el cual gané. Hablando sobre esto, de pequeña, además de querer ser
veterinaria o paleontóloga, también pensaba en ser escritora. Esto
último nunca estuvo en conflicto con la idea de hacer la carrera de biología
(que se afianzó por completo poco antes de entrar en Bachillerato, en la rama
de ciencias), sin embargo, una cosa es la teoría y otra la práctica, y al
entrar en la universidad fui prestando menos atención a la escritura, aunque es
algo que siempre está dentro de mí (también hablaré sobre esto en “mis
colecciones”).
Una vez empezó mi vida como
estudiante de universidad, muchas cosas cambiaron. Tenía claro que quería e iba
a ser bióloga, pero no tenía nada claro en qué me iba a especializar. Desde el
principio de la carrera, tenía algunas cosas particulares en mente: zoología,
etología y neurobiología. Zoología por cuestiones obvias, la veía
como la rama de la “cercanía” a los animales; etología porque me permitía
verlos desde otro punto de vista que siempre me había parecido muy interesante,
y también está muy relacionado con su bienestar; y por último neurobiología
porque de los seres humanos, lo que más me había llamado la atención siempre había sido el
cerebro, además de que si hay otro tema que desde pequeña me apasionaba era el
de los sueños y la conciencia, y pensaba que estudiando neurobiología
podía sumergirme más en ese ámbito. Más adelante se unió también la rama de ornitología,
ya que, de todos los animales en general, los que más me habían gustado y con
los que más trato había tenido (debido a mi alergia al pelo) habían sido las
aves. Es por esto, por ejemplo, que aproveché mi año de convenio bilateral
en México (2016) para realizar las optativas de ornitología y etología,
además de la de paleontología.
A medida que me acercaba al
final de mi carrera, comencé a pensar qué hacer después. La idea de realizar un
máster en Ingeniería Ambiental me resultaba la más llamativa, pero no la
única. También había estado mirando los cursos que ofrecía SeaWolves, y
de los que ya había pedido información anteriormente. En general, me hubiera
costado mucho haberme decidido por uno, porque los realizaría TODOS, y
me emocionaba tener prácticas en las que poder tener contacto más cercano con
animales. Aunque no descarto realizar alguno de estos cursos en un futuro, finalmente
me decidí por el máster por diversas causas. Sin embargo, aunque ya tenía en
mente realizar Ingeniería Ambiental, poco después de exponer mi TFG (febrero-marzo
del 2018) descubrí que ese mismo año, la USC había sacado un nuevo
máster, el de Biodiversidad Terrestre. Cuando vi los contenidos, al
momento me llamó mucho más la atención que el que ya tenía en mente, se
ajustaba en general más a lo que yo buscaba, y a pesar de miedos generalizados
(“es un máster nuevo, no sé si saldrá bien”, “seré un conejillo de indias”,
etc.) finalmente me lancé a realizarlo con mucha ilusión. Es curioso cómo actúa
el azar, ya que hubo muchas ocasiones que me habrían llevado a no haberlo
realizado, como hubiera ocurrido en el caso de que hubiera terminado antes la
carrera. Por casualidad y suerte, estaba en el lugar y el momento indicado.
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